No parece sino que la toxicomanía fuera algo inoculado por extraterrestres o importado de lejanos países, una invasión salvaje y atroz que nos ha cogido desprevenidos y sin defensa para combatirla.

Puede que las drogas, y no todas, nos hayan venido como los Reyes Magos, los tóxicos puede que vengan de fuera, pero los toxicómanos son del país, autóctonos; el caldo de cultivo estaba preparado y el terreno abonado, igual que sabemos que para que una planta polinice a otra no basta con que la primera emita el polen, sino que la otra esté en condiciones de recibirlo.

La droga viene a llenar un vacío, cualquiera que sea, la droga tapa, cura. Para muchos la adicción es una autoterapia, aunque luego necesite otra terapia más específica para dejarla, porque el remedio resultó peor que la enfermedad.

La desazón que deja la pauta del “todo ya y sin esfuerzo” que define la forma de comportarse del toxicómano y lo arduo de la tarea para desterrarla, invita a preguntarse cómo ha podido instalarse esta moda o costumbre, y es máxima inteligente el buscar explicaciones posibles dentro de uno mismo antes de culpar, aunque sea con razón, a los demás.

Esto debió pensar quien dijo que si hiciéramos un retrato robot del toxicómano hoy, el “todo ya  y sin esfuerzo”, se correspondería con el “hoy mismo, en su casa y sin ningún compromiso” de la publicidad más engañosa.Y es que a la droga, amén de otros factores individuales, se accede como consecuencia de un sistema de vida arraigado en la sociedad, de una escala de valores aceptada por la mayoría.