Hoy cuando estaba comiendo con mis hijos después de recogerlos del cole, me dice Pedro, mi hijo mediano de 9 años: “mamá, ya sabes, a las 4,15 tutoría con mi profe”, le pregunto, “¿de qué crees que querrá hablar?” y me contesta preocupado, “creo que tiene que ver contigo y conmigo. Hoy en clase hemos hablado de lo que es la psicología, y yo he dicho que consiste en ayudar a los demás, pero se ve que eso no era, entonces querrá decírtelo”.

Bueno realmente ese no fue el motivo de la tutoría, era de esperar, pero efectivamente, en la clase de ese día, a raíz del tema que estaban trabajando, hablaron de lo que es la psicología, como ciencia que estudia el comportamiento humano, ¡claro!, eso le sonó a chino a Pedro, él lo que sabe es que su madre, que es psicóloga, ayuda a personas. En su expresión había una mezcla de autodecepción, “¿cómo es que no sé explicar el trabajo de mi madre? y algo de vergüenza, al reconocérmelo a mí.

Todo es cierto, efectivamente, en la facultad, nos explican que la psicología estudia el comportamiento de las personas, y a raíz de ese análisis, valorar en qué medida se desvía de lo que se considera “sano”, para así nombrar y tratar, desde la corriente de la psicología que mejor aborde esas dificultades concretas.

Esto parece muy sencillo, da la sensación que teniendo un buen manual, el trabajo es coser y cantar, eso creemos todos/as en la facultad. La realidad es bien distinta, y aquí tengo que reconocer que día sí, día también, experimentamos esos sentimientos que mi hijo mediano exteriorizaba, por un lado auto- decepción, cómo es que yo, después de mi graduación, los cursos de especialización y más de 20 años de experiencia, no logró que esta persona se sienta mejor, piense mejor, actúe mejo, en definitiva, sea más feliz. Y por otro lado, qué vergüenza reconocer que no puedo ayudarla.

Por suerte estos sentimientos se entrelazan con otros, ¡gracias a Dios!, que ya no conectan tan directamente con uno mismo, sino sobre todo con la otra persona, en eso consiste. Sentimientos como serenidad, confianza, satisfacción, alivio, interés, etc. Y es que estamos programados para buscar soluciones, perdiendo de vista el sentido de la terapia, sin entender que es la persona que tenemos en frente, la que, con nuestra ayuda, debe caminar hacia la solución, que es aquella que la haga más feliz, tal vez, no coincidiendo con lo que nosotros/as considerábamos que era la mejor solución, pero tendremos que aceptarlo.

Frente a nosotros/as se sienta una persona que independientemente de la realidad personal, familiar, social, etc, que traiga, siempre viene acompañada de sufrimiento, con las distintas tonalidades como son la tristeza, frustración, incomprensión, culpa, hastío, miedo y también, cómo no, decepción y vergüenza.

Nos toca a los/as psicólogos/as, aprender a llevarnos bien, primero con nuestras propias emociones, con la decepción y la vergüenza, para así, acompañar a todas esas personas que se ponen en nuestras manos, para que después, desde la máxima autenticidad, creando, en algunos casos, el único vínculo sano que hasta ese momento han tenido, podamos ayudarles a transitar el camino que les lleve a la aceptación y después al deseo de querer vivir una vida más feliz, donde partiendo de su historia de vida, que marca lo que son hoy, sanen heridas y sigan construyendo nuevas y mejores realidades, deseo de querer vivir y no sobrevivir. Sólo y principalmente por esto, ¡merece la pena!. Como bien dice mi hijo Pedro, un psicólogo ayuda a los demás, y eso en los tiempos que corren, ¡es un privilegio!.

Charo, psicóloga de Fundación Emet Arco Iris.