“Cuando llegué a comunidad era un esqueleto sin control sobre mis impulsos y sobre mi misma. Era una zombie, con un pie en el más allá, pero sin valor de terminar ese dolor, ni de cambiarlo sin ayuda. Con la esperanza perdida del todo, solo quería esconderme a llorar o dormir para no sentir dolor.

Ni siquiera mi familia me cogía el teléfono, se lo cambiaron para no tener que soportar mis promesas falsas y mis ruegos, y después las amenazas que les decía cuando no conseguía lo que quería. Llevaba más de un año sin hablar con mi madre, y lo mismo con mi hermana. La última vez que me vieron fue en el hospital, enferma, con auto-lesiones, amenazando con quitarme de en medio si no me devolvían a mi hijo. Me tuvieron que quitar incluso el coche. Solo me quedaba la rabia conmigo misma,  que era la que me daba fuerzas de seguir en pie.

Durante un año viví en albergues, huí de mi ciudad y de mi ex pareja. La relación había llegado a un punto insostenible, denigrante, de maltrato y violencia, que no podía permitir. Me mantenía con muchos planes en mi cabeza pero incapaz de mantener lo básico. La sustancia ya formaba parte de mi vida y sin ella no podía ni ducharme, ni comer. Me disponía a irme de la ciudad, con mi hijo de dos años y las maletas, creía que huyendo se terminaría todo, pero no me daba cuenta que los problemas los llevaba conmigo. Yo seguía siendo una adicta sin voluntad.

Mi hermana, ¡gracias a Dios! vino y me quitó a mi hijo, por supuesto a golpes, porque yo no atendía a razones ni veía mas soluciones. A partir de ahí empecé a caer en picado. A probar drogas que nunca pasaron por mi cabeza ni por delante de mí. Dejé de comer y sobrevivía como podía. Lo único que me quedaba era la rabia de que tenía que seguir adelante. Tenía que salir de ahí, de donde me había metido y volver a ser yo, para recuperar lo que más quería en este mundo, a mi hijo, que es un regalo del cielo, y a mi familia.

¡Tenía que recuperarme! No era consciente de dónde había llegado y cuando empezaba a serlo tenía que buscar como fuera la manera de evadirme pues lo había tenido todo. ¿Cómo podía haberlo perdido?. Y, lo más importante haber perdido a mi hijo. A pesar de estar dominada por las sustancias era una madre buena, dentro de lo que se puede ser, cuando estas condicionada por algo que te domina.

Vivía por él, 24 horas y 365 días del año me olvidaba de mi para darle lo mejor, y olvidaba, que si yo no estaba bien no podía dárselo. Todo lo bueno que quería para él, tenía que empezar por mí.

No era capaz de mantener ningún proyecto. Tuve grandes oportunidades de trabajo, de apoyo, y no me veía capaz en esas condiciones de llevar un ritmo, una rutina, el tener que controlar lo básico se me hacía un mundo, estando consumiendo, sin llevar un orden, una dieta, una disciplina, constancia, respeto por los demás, y por mi misma, valores que mis padres me enseñaron de pequeña y que he descubierto con muchísimo agrado que en Emet Arcoiris me los volvían a enseñar, con el mismo cariño y disciplina que ellos.

En ese punto, antes de llegar a la comunidad, algunos días, no tenia ni cómo ducharme, perdía los trabajos y los pisos, y solo se me acercaba gente dañina y por interés. Cada vez más lejos de los míos y sin rastro de esperanza, demolida por todo lo que me había pasado. Palizas, malos tratos, y lo peor, la separación tan brusca de mi bebé.

Intente por segunda vez terminar con mi vida, sin conseguirlo y arrepintiéndome en el último momento, aún me quedaba valor, no quería morirme, quería recuperarme y luchar por el buen cambio. Había tocado fondo y necesitaba ayuda. La que nunca quise, ni acepté. Nunca me deje ayudar y mi familia se veían desbordados y además tenían que cuidar de mi criatura.

Me metía en problemas, cuando consumía, una falsa autoestima se apoderaba de mí, de repente era la más fuerte, capaz y valiente. Me enfrentaba sin pensar en las consecuencias con cualquiera que quisiera pelear, la rabia que sentía por no hacer las cosas bien y que la misma sustancia me añadía, hacía que me metiera en problemas como una rebelde, con causa pero sin consciencia y en realidad sin causa porque en ese estado no se puede luchar por nada.

A día de hoy se que mucha parte era bajo esos efectos y no por quitarme culpa, pero en ese estado no era consciente de nada. No podía medir las consecuencias. De la más valiente y fuerte pasaba a ser la quien en realidad era: una adicta, inestable, que destruía todo lo que conseguía, insatisfecha, agresiva y desafiante en el consumo, pero que me quedaba en nada después. Incapaz de mantener un ritmo, un horario, un trabajo, convivir. Sabía que si quería salir de todo eso tenía que poner muchísimo esfuerzo, tiempo, paciencia y constancia. Pero gracias a dios, pedí ayuda y me la concedieron después de tocar fondo del todo.

Estuve en un piso de emergencias después de recibir palizas por mi ex-pareja, con el que volví desesperada y enferma, porque era una relación destructiva y aberrante. Me negaba a soportar eso, era algo tóxico, yo no estaba bien y esta persona me llegó a decir que tenía miedo de que me pusiera bien, porque lo dejaría con él. No era amor sano. Era destructivo y perdí mucho por seguir aguantando en lugar de huir, ser valiente y buscar mi independencia. Tampoco sabía estar sola. Me daba miedo pero deseaba estarlo. A día de hoy es lo que quiero, satisfecha como he descubierto después de más de 6 meses al volver a salir a la calle recuperada con unos hábitos interiorizados.

Esa ha sido la gratificación más grande que ninguna sustancia puede proporcionar. La satisfacción de hacer las cosas bien, libre, consciente de lo bueno, y también de lo malo, con herramientas para salir ahí y dejarme sentir todas las emociones que son parte de la vida, sin dejar de luchar por mis objetivos. Uno de ellos, la actitud, mantener la entereza, la fuerza y el optimismo con esfuerzo.

Cuando llegué a la Comunidad Terapéutica estaba agradecida tan solo de poder tener una terapia y un sitio donde coger fuerzas y recuperarme. Pero no creía en milagros ni estaba segura de lo que me iba a encontrar. Descubrí mujeres como yo, valientes y dañadas, fuertes, pero que en algún momento se perdieron. No era gente que estuviera de paso, eran mujeres que realmente creían en aquello. Que realmente querían cambiar de una vez por todas. Que eran conscientes de que no querían seguir evadiéndose en una sustancia para pasar un rato de alivio mientras la vida y lo bueno pasaba por delante suya. Mujeres que no hacía mucho eran fuertes, con buenos valores, con una familia e historias detrás, grandes lectoras, deportistas, madres, creativas, que no querían de ningún modo adentrarse por más en el mundo de la adicción, y lo que tiene alrededor: miedo, peligro, daños, riesgos y dolor.

Estas navidades fueron de las mejores que he pasado en años. El grupo ya estaba formado, todas nos conocíamos y trabajábamos juntas todas a una. Nunca voy a olvidarlo. Siempre voy a llevar conmigo la hoja de objetivos a trabajar en la responsabilidad, en mi cartera, como un tesoro que me encauza en un mundo nuevo con infinitas posibilidades.

No voy a olvidar a mis compañeras, muchas ya han emprendido su camino recuperadas, pero sobretodo no voy a olvidar a mi tutora, al Equipo que forma esta comunidad, porque me habéis hecho volver a nacer.

Siempre pensé que las Trabajadoras y Educadoras Sociales eran malas personas, ya que eran capaz de quitarles los hijos a sus madres. Hoy al haberos conocido, estoy tranquila de que si mi hijo hubiera tenido que pasar por un centro, hubiera estado en las mejores manos. Pues he descubierto personas con una vocación maravillosa, que realmente creen en esto. Creen que la gente cambia y que se puede reinsertar de nuevo.

Desde las cocineras que son psicólogas escondidas que trabajan desde la cocina y nos devuelve la fuerza con su comida y su apoyo sin darnos cuenta y volvemos a ser capaces de trabajar. Hasta la directora, que comparte su tiempo y se sienta a almorzar con nosotras a diario, y siempre tiene tiempo para nosotras, nos organiza actividades donde nos presenta, orgullosa de nosotras en sociedad, y nos devuelve las ganas, compartiendo tiempo con gente cercana y maravillosa.

Pasando por todas las educadoras, donde nos enseñan desde cómo administrar y economizar en nuestra casa, hasta hábitos perdidos, básicos, pasando por valores éticos y morales, que no se enseñan en ninguna escuela. Pasar por aquí ha sido como hacer un máster sobre la vida, de valores, empezando por el respeto,  de una autoestima sana y real, un entrenamiento de la voluntad, psicología magnífica y además práctica.

Tener a mi tutora abriéndome los ojos cada vez que caía es algo que nunca voy a olvidar. Creyendo en mí, dándome cariño y regañando como una hermana, exigiéndome porque confía en mí. Educándome de nuevo en modales, en comer saludable. Mi cuerpo está a punto y  mejor que nunca. No tolero ni los refrescos; prefiero la fruta. Es un ejemplo del cambio que he dado desde dentro y por fuera.

Unos médicos excelentes que me han regulado el tratamiento, tomando la mínima medicación, y sin apenas darme cuenta de la retirada. Que en vez de pastillas me daban consejos y ánimos, no tengo como agradecéroslo. Una trabajadora social magnífica, que desde el primer momento me dijo las cosas claras y a la cara, como yo necesitaba. Y además, ha creído en mí y ha luchado por mí, preocupada por mi bienestar y el de mi familia. ¡Sois todos de una calidad humana excepcional!

Mi psicóloga me escuchaba anotando y analizándome, para devolverme las claves y las llaves para saltar esos problemas, para vivir y poder volver a soñar. Me ha escuchado y dado las mejores soluciones, consolándome y enseñándome a estar bien. Tanto ella como Elena en terapia de grupo.

En prevención de recaídas me ofrecían un amplio abanico de recursos y herramientas para vivir bien y afrontar las situaciones. No tengo tampoco como agradecéroslo. Pasando por la Terapia Ocupacional, donde un hombre excepcional, nos reeducaba para la vuelta al trabajo y a la vida. Algo que nunca me habían enseñado. Valores para el trabajo, para desempeñarse y ser independiente, todas las mañanas nos guiaba como un padre sensible y disciplinado por el buen camino. Nunca le faltaba un consejo, un apoyo y un empujón para seguir cuando flaqueamos. Muchísimas gracias.

He descubierto que vuelvo a ser yo, he tenido una suerte tremenda de pasar por aquí. Me voy del kilómetro cero, habiendo dado marcha atrás en todo ese camino de errores que un día emprendí, partiendo ahora sí, desde donde debía, hecha una mujer, fuerte, sana y con esperanza e ilusión, confianza en la vida y en las personas.

Espero que mi tutora y mi psicóloga puedan sentirse orgullosas de mi. Mi familia vuelve a estar a mi lado, como si no hubiera pasado el tiempo. Mi hijo disfruta ahora sí de su madre, aunque sea poco tiempo, en ese espacio soy yo de nuevo, antes de todo este horror qué son las drogas. Como recién salida del colegio pero madura, ya habiendo asimilado y aprendido de todos los errores que cometí. Fuerte y capaz.

Sin ningún rencor ni odio, esta terapia ha conseguido que me perdone y me da la oportunidad, de hacerlo bien. Si alguna vez caigo me levantaré con más fuerza porque mi planes apenas tienen fisuras. En este espacio me han enseñado de todo. Sobre todo a ser independiente. Mi proyecto de vida es muy completo y en él no hay lugar para el sufrimiento, y menos por algo que yo busque. Ahora sé soportar el dolor, regulando mis emociones con trabajo, esfuerzo y disciplina, con paciencia.

Voy a trabajar en algo que me guste, al menos que me permita mantenerme sola y autosuficiente. También me han enseñado a socializar de nuevo, de forma sana y adecuada, sin más vergüenza de mi misma pues estoy luchando y así seguiré. Con el deporte me regularé, conoceré gente y mantendré un estilo de vida sano. También voy a incorporar actividades de ocio culturales, que siempre he tenido en el tintero, seguiré trabajando todos los valores y objetivos y si consigo buenas capacidades de organización incluso puedo terminar mis estudios y hacer una oposición.

Sé el tipo de relación que mantendría a largo plazo, ahora soy yo quien elige y no espero que me elijan, pero en mis planes antes está el ser feliz a solas, autosuficiente y con amistades y mi familia.

Ahora sí, puedo empezar a andar desde el km 0. Haciendo camino al andar espero llegar lejos, llevo una mochila pequeña pero práctica, tengo un tesoro que es lo que aquí he aprendido, y me llevo en el alma el apoyo y el cariño de todos ustedes. Quiero daros las gracias por confiar en mí, por ayudarme, y prometer a mi familia que no me voy a salir del camino.

Quiero felicitarlos por la labor humana que realizan. Espero que os encontréis satisfechos de la mujer que sale por la puerta, que dejó aquí toda su parte oscura y sale siendo otra gracias a ustedes. Los quiero muchísimo, y les deseo lo mejor. No tengo como agradecerles todo esto, siempre los llevaré en mi corazón. Ha sido todo un placer compartir con ustedes este tiempo. Un abrazo infinito”.