Declaración Institucional de la Junta de Andalucía.

El 28 de febrero de 1980 es una conquista del pueblo andaluz, un hito histórico que ha permitido la superación de una etapa oscura para avanzar hacia un periodo de convivencia y progreso.

Andalucía se sumó con ilusión a la pulsión democrática. El pueblo andaluz se movilizó por una esperanza: una apuesta inequívoca de cambio y de construir España en clave de igualdad.

Nadie pone en duda el proceso de transformación que ha protagonizado esta tierra gracias al esfuerzo de sus gentes. Al igual que otros territorios, Andalucía tiene problemas: una elevada tasa de paro o la brecha de desigualdad que, aunque menos que en el resto de España, se ha ensanchado como consecuencia de una larga crisis económica cuyos efectos negativos padecen miles de familias andaluzas.

Pero Andalucía es hoy una tierra de confianza y oportunidades. Es una comunidad con diez universidades y trece parques tecnológicos, con unos servicios públicos de calidad y que son referencia, con un red de infraestructuras amplia; una comunidad que exporta, con talento y creatividad, y que ha dado un salto importante en estos 36 años.

Avance en lo económico, en lo social, en lo cultural y también en lo político. Hoy la voz de Andalucía tiene peso en España y éste es otro de los beneficios de aquel 28 de febrero. Nuestra tierra juega un papel de equilibrio para garantizar un desarrollo armónico y la cohesión social y territorial de nuestro país. Nos hemos ganado un papel protagonista y de centralidad en el Estado de las Autonomías.

No celebramos un 28-F cualquiera. Vivimos los mismos riesgos de entonces: el intento de hacer una España de dos velocidades, aunque agravado si cabe por el riesgo de ruptura.

Por desgracia, se sigue avivando el debate territorial y volvemos a plantearnos si este país es una suma de identidades y la relevancia de cada una de las partes en el todo.

La reafirmación de unos no puede ser a costa de otros. Contamos con un límite claro para hacer frente a esas tentaciones de quebrar la igualdad y de separar. Tenemos que defender la vigencia de los principios que inspiran la Constitución y nuestro Estatuto de Autonomía. Dos textos que garantizan que los españoles tenemos los mismos derechos y obligaciones y nos advierten de que la diversidad no puede traducirse en privilegios económicos y sociales.

Nadie puede dudar que la España que nace de la Constitución de 1978 es un caso de éxito y ese mismo periodo supone para Andalucía un periodo con muchas más luces que sombras.

Una revisión de la Constitución y una actualización del modelo territorial son oportunas y necesarias, pero no la voladura encubierta de los cimientos que han favorecido la convivencia, la estabilidad y la creación y desarrollo de un Estado autonómico.

Andalucía se declara vigilante y se situará frente a quienes tengan la intención de querer quebrar un modelo territorial o crear dos divisiones de comunidades autónomas: de primera y de segunda. Este debate lo cerró el pueblo andaluz en 1980.

Y por encima de estas cuestiones es inaplazable la tarea que la crisis económica ha impuesto en la agenda de cualquier administración: el fortalecimiento del Estado del bienestar y la batalla para acabar con la brecha insoportable de la desigualdad.

Andalucía es conocedora de que las necesidades de los ciudadanos son comunes en cualquier parte de España: sanidad, educación y protección social y empleo. Estas políticas deben ser la hoja de ruta de cualquier gobierno y el termómetro para chequear el estado de una sociedad.

Hay un modelo andaluz del Estado social y democrático de derecho, plenamente reconocible por hacer de Andalucía una tierra inclusiva, afanada en evitar que nadie se quede atrás.

El Gobierno andaluz es consciente de que, además de garantizar la calidad de vida de los ciudadanos y el funcionamiento de los servicios públicos fundamentales, el paro es un drama que afecta a muchas familias andaluzas y es una prioridad que ocupa a la Junta de Andalucía.

El 28 de febrero de 1980 representa los cimientos de la Andalucía que hoy conocemos. Es el espejo donde encontraremos un ejemplo de que si el pueblo andaluz consiguió escribir su propia historia en un momento crucial, siempre será capaz de hacerlo.