A él no tuve que explicárselo. Me senté a su lado y le sonreí.
– “¿Te gusta la casa?”
– “Sí, me gusta mucho. La pequeña España (Melilla) no me gusta, es mala”.

Seguidamente corrió a su habitación y volvió con una sonrisa de oreja a oreja y una especie de tarjeta en la mano.
– “Mira, este soy yo. Soy vigilante de seguridad. Yo puedo pelear con los hombres malos.”

Y fue así como empezó nuestra historia.

Inquieto, temeroso, con la mirada desconfiada, incapaz de sentarse en una silla sin sentirse en estado de alerta y expresando una ira descontrolada. Su cama, junto a la de su madre. Le daba miedo dormir separado de ella. En el colegio le echaban la bronca. “Aboubacar ha hecho esto, Aboubacar no puede estar tranquilo, Aboubacar tiene dificultades para relacionarse con sus compañeros/as, Aboubacar se pelea con ellos”.

Sólo tuve que cambiar mi mirada y ver la suya. Aboubacar no se peleaba, representaba lo que había vivido. Era su forma de jugar porque era la única que conocía. Todos sus comportamientos inapropiados eran signo de toda la violencia sufrida. De todo el dolor que le habían causado.

Salió de su país junto a su madre, con el sueño de llegar a Francia y encontrar una vida mejor. Con tan sólo 7 años, Aboubacar comenzó la que él creía que sería aventura de su vida.

Dos años más tarde, llegó a ÖDOS, donde ha pasado más de seis meses. Cada día volvía corriendo del colegio a abrazarte, contándote ilusionado todo lo que había aprendido y todo lo que había jugado con su amigo Antonio. Por la tarde, cogía su mochila y venía a buscarte para que le ayudaras a hacer los deberes. Incluso se enfadaba si le decías que los hacíamos después, porque se moría de ganas por seguir aprendiendo. Se le llenaban los ojos de brillo cada vez que conseguía leer una sílaba. Él mismo pensaba que nunca sería capaz de eso.
Y aunque pareciese increíble, estaba sentado tranquilo.
Ya no jugaba a las peleas. Ahora hacía puzles, jugaba a la pelota y le encantaba el escondite. Ahora sí que jugaba de verdad.

No puedo evitar recordar sus últimas horas a mi lado. Volvía a estar intranquilo, incapaz de sentarse en el banco de la parada de autobús sin sentirse en estado de alerta.
– “¿Qué te pasa Aboubacar?”.
– “Estoy triste, porque te voy a echar mucho de menos.”

Me quedé sin palabras. No sólo había sido capaz de reconocer sus emociones sino que también sabía darle explicaciones a éstas.

Así que, no sé muy bien explicar en qué consiste mi trabajo. Porque cada mujer o cada niño, niña que pasan por aquí, al igual que Aboubacar, me acaban enseñando a mí.