La adicción, cualquiera que sea, es un problema que afecta no sólo al paciente, sino a la familia y ambiente al completo.Durante la época activa han sido frecuentes las súplicas hasta el rebajamiento para que deje de drogarse y normalice su vida, con la consiguiente inversión de papeles, o sea, el fuerte es el hijo atrincherándose  en su posición desde la que sabe que controla por diversos motivos, vergüenza social de la familia, temor a perderlo, etc ; y los padres son los débiles que supeditan su vida , sus diversiones, sus salidas y su dinero, a la espera de que por fin, decida ponerse en tratamiento.

Esto no parece sino la dialéctica del amo y el esclavo pero al revés, ya que en función del paciente, teóricamente el débil, funciona y se organiza todo el sistema familiar. Decía Hegel que el amo es aquél que no retrocede ante la muerte y Séneca decía de los cristianos que morían en el circo: raza abominable que aún vencidos dictan normas a los vencedores.Pues bien, este es el terreno que domina a la perfección el toxicómano, como lo tiene todo perdido lo arriesga todo  en cada dosis que toma, y desde esa posición de fuerza dirige la batalla con la seguridad que da el saber que tiene poco que perder además de lo que ya ha perdido, y sí en cambio, mucho que ganar.Probablemente la situación no cambie hasta que los familiares adopten la misma posición que él tiene: darlo todo por perdido, aceptar que nada de lo que venga será peor de lo que hay, o no importarle que venga, si es que ha de venir.

Ese puede ser el comienzo de una época de bonanza en la que el hijo, una vez perdida la posición epicéntrica de privilegio, decida por sí mismo ponerse en tratamiento