Cuando lo buscaban los colegas le llamaban “ese Daniiiii” , cuando su madre, Carmela, lo prevenía de los peligros, le decía…”no te encargo ná Danielito”, y para todo el Puerto era y sigue siendo simplemente, ”el Dani”.

Ya en aquel tiempo era un tipo carismático, con una personalidad muy definida y unas condiciones innatas de líder, con encanto personal, con simpatía, espontaneidad y gracia gaditana rezumándole por todos los poros de su cuerpo. Un proceso terapéutico en Comunidad, seis meses de vida ordinaria después en su casa y  tres años como monitor en el mismo sitio donde se rehabilitó, o sea, con nosotros. Ayudó a muchos, sirvió como terapia de espejo para los residentes, -fíjate en mi y lo conseguirás como yo lo conseguí-,  complementando el trabajo de los profesionales de nuestra Fundación, y por fin, el deseo de continuar su vida en su pueblo con su mujer e hijos le devolvió a la realidad más solo, menos protegido.

Desde entonces, hace ya treinta años, sigue bien, impulsor y poco continuador de iniciativas importantes en su entorno, todas ellas conducentes al apoyo de sus paisanos en dificultad,  tanto antes como después de rehabilitados,  : cooperativas de pintores, servicios de vigilancia, de limpieza, y tantas otras más; y digo poco continuador porque pedirle encima continuidad en la misión sería como pedirle a Curro que toreara bien todas las tardes, entonces ni Curro sería Curro, ni Dani sería “el Dani”.

De una persona así se podría esperar, por parte de los más profanos en la materia, una seguridad absoluta en su rehabilitación, un desprecio a todo cuanto pudiera devolverlo a su vida anterior, después de tanto respeto y prestigio alcanzados en la de ahora.

Pues miren por donde, tampoco un hombre así puede estar seguro del todo, en cualquier momento cualquier estímulo puede hacer que se encienda el testigo rojo de peligro, como en la ocasión que les voy a contar.

Pintaba en un andamio a la altura de un segundo piso, cuando un autobús lo derribó cayendo de bruces al suelo; rodilla, pierna, brazos, y mentón quedaron para un buen repaso, el que le dieron durante el mes que estuvo ingresado en Sevilla en Virgen del Rocío. Allí, con su buen humor habitual, lejos de su pueblo, sin apenas poder hablar por el vendaje en la mandíbula, le dijo a su mujer, inseparable a la cabecera de su cama…para que luego digas que no te saco a ningún lado….incorregible este Dani

Durante el traslado, entre el dolor, la incertidumbre sobre el alcance de las lesiones, y el pánico exacerbado al quirófano, una lucecita se le encendió en forma de recompensa a tanto descalabro:….pensé por un momento lo bien que me iba a sentir cuando me pusieran la anestesia…., es decir, anestesia, morfina, aturdimiento…colocón…y frotándose las manos pensó…y sin culpa.

Era listo, sabía lo que le estaba pasando, se le presentaba la ocasión de sentir lo mismo que hacía años, ahora de manera lícita, no se la ponía, se la iban a poner y con un fin abiertamente confesable y útil  ¡qué bien!, si al final me recupero quizás hasta habrá merecido  la pena.

¿Entienden ahora lo que es la adicción aquéllos a los que les cuesta trabajo entender?

Como era de esperar pasó la prueba satisfactoriamente y hoy día sigue igual, abstinente, con sus cosas, su gracia habitual y su cada día atesorada confianza en sí mismo y en lo que hace: luchar, pasar fatigas, mientras atraviesa el desierto de su vida, y ¡quién sabe! si en ese desierto, en lo más recóndito de su ser no sueña de vez en cuando con otro oasis blanco (de morfina) entre batas verdes de quirófano!