En esa expresión cabe casi todo, unos la usan para recaudar fondos, otros para recoger firmas, no se sabe bien para qué, otras veces es el lema de manifestaciones de protesta y, por fin, de la convocatoria de competiciones deportivas.

A todas estas, y otras que se me pueden escapar, se las unifica bajo el grito de TODOS CONTRA LA DROGA y yo mientras tanto, como dicen nuestros jóvenes, ALUCINO.

Dicha así es ambigua y traidora, muy traidora, en ocasiones puede ser adormecedora de conciencias, quedándonos tranquilos dando un donativo, firmando o aplaudiendo a quienes se preocupan tanto por LA DROGA.

Pero no, luchar contra la droga no es rascarnos el bolsillo con destino a cualquier institución, ni siquiera la mía, o al pobre pedigüeño que nos intenta colar que el euro que nos pide es para el billete para irse a donde nunca llega; tampoco es ponerse un peto y correr durante un tiempo algunos kms o cientos de metros, con todo el respeto para quienes lo hacen con buena fe, ni leer manifiestos que ningún afectado escucha y que los presentes pronto olvidan por muy elevada que sea la tribuna desde la que se lea o muy alto el cargo público que lo haga.

Quedarnos en eso sería considerar a la sustancia droga como la única o principal responsable del fenómeno de la toxicomanía, cosa absoluta mente imposible como materia inerte que es.

Por el contrario, luchar contra los efectos de la droga es educar en la salud integral de nuestros jóvenes, desde la coherencia, desde el fomento de los valores humanos, desde el respeto, la solidaridad, el esfuerzo; luchar contra ella es predicar con el ejemplo relativizando el placer en nuestras vidas, es enseñarles a dilatar el placer, acompañarles en los momentos cruciales de su crecimiento personal, con menos gestos puntuales, expresiones grandilocuentes y más coherencia en cuanto al examen de nuestra actitud con respecto a nuestras propias drogas o adicciones.

Mejor que luchar por destruir la droga sería manifestarse con el mismo énfasis para construir un sistema de vida, una educación, una cultura en la que no tuviera cabida por innecesaria; pero esto no interesa tanto, a la vista está que para ello nadie pide firmas, organiza maratones y partidos, ni conciertos o persigue con palos por la calle. Nos haría falta un palo para cada uno de nosotros, los que no alzamos la voz lo suficiente.

 

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