Le llamábamos cariñosamente Palomo, no recuerdo porqué, era un gitano de 26 años, vago, poco hablador… y sin embargo tenía duende, tanto que acabó ganándonos a todos, tal como había hecho con sus padres.

Estos tuvieron una infancia desgraciada, apenas ganaban para zapatos, comían los días de fiesta, trabajaban los años bisiestos y a pesar de esto sus once hijos crecieron sanos y fuertes…milagrosamente …” que la Virgen nunca nos retiró el manto” decían.

La Virgen se portó bien, y un golpe de fortuna, – no se sabe bien qué golpe – puso en sus manos un negocio y a partir de ahí, la abundancia en la familia.

“ Yo me crié sin zapatos y pa mi niño catorce pares, este no pasa jambre, zeguro, mientras yo viva, golpe de pecho, zeguro, decía popá.

En consecuencia el niño tenía zapatos y barriguita y..agujeritos en los brazos a costa del presupuesto familiar…” que mi niño no tenga que robar…! Cómo voy a estar tanto tiempo sin verlo si entra en el talego! exclamaba ahora momá.

Nunca se habían separado más de tres días, y con tanta protección fabricaron un animalito domesticado que no obedecía cuando lo endulzaban con terroncitos de azúcar a modo del caballo, pero sí que utilizaba el caballo – la heroína – para endulzar la convivencia familiar, insufrible de otra manera.

Cuando vino a tratamiento, su madre no pudo soportar su ausencia, no tenía a quien cuidar y cansada de hacer y deshacer la cama vacía del hijo, decidió acostar al perro en ella…así se arrugaría, se ensuciaría y al limpiarla sería como cuidarlo a él.

Poco podíamos hacer nosotros, actuamos con prudencia, apretamos paulatinamente después, hasta que saltó, no pudo soportar la incomodidad y decidió abandonar el tratamiento.

Al cabo de unos meses reprodujo el mismo síntoma y la fatal sobredosis – quizás  buscada?- acabó con las incomodidades de esta perra vida que sus padres le habían regalado.

Alfonso Fernández Zamorano