Atrapados, sí, así es como se encuentran en un momento determinado de su proceso, justo cuando han pasado la etapa de desintoxicación y han recuperado en bastante grado la lucidez necesaria para darse cuenta de donde acaban de salir.

Entonces la motivación no es muy fuerte y se debaten en la duda entre seguir el proceso de rehabilitación iniciado, o abandonar, la droga aún les tira mucho, incluso les pueden sobrevenir síndromes de abstinencia tardíos que los dejan aún más maltrechos de salud y moral de victoria.

En esos momentos añoran las ventajas de la vida que llevaban en forma de recompensas que les proporcionaba el estado de aturdimiento producido por la sustancia, y aún no les ha dado tiempo de saborear las de la otra que intentan emprender; es fácil entonces el abandono aunque sepan adonde vuelven, pero es que no pueden soportar más ese sufrimiento, no están habituados a ello tras tanto tiempo de placer continuado y sentido durante la adicción.

Para ellos ese es un tiempo de crisis, de profunda crisis; decía Gramsci, filósofo marxista, que lo característico de la situación de crisis es que lo viejo ha muerto y lo nuevo no acaba de nacer; justo eso es lo que les pasa a los adictos, lo que alguien definía también como el sufrimiento inimaginable del adicto curado entre comillas, si, entrecomillado, porque si de verdad  estuviera curado, la situación habría dejado de ser tan dramática para ellos.

A esa altura de tratamiento, sienten que se acaba aquéllo que aunque disgustos, también les dio satisfacciones, les tapó sus carencias y ocultó los problemas que ahora quedan al descubierto, y es que, “resulta tan duro enfrentarse a ellos”. Les pueden las prisas y muchos abandonan prematuramente el tratamiento, si por el contrario se dieran tiempo, acabarían saboreando lo que la nueva vida que empieza les ofrece, aunque todavía no en plenitud.

Si, así es como se sienten, atrapados.