Ese día, al entrar en la residencia, lo primero que veo son sus caritas. Sus miradas, que contienen la pureza y  el gesto que esconde la necesidad del amor y afecto. Me cuesta reponerme porque sé que en ellos el reloj es implacable y que el tic tac es la espera del tiempo que avanza sin que ellos tengan muy claro cuál será su destino.

Quienes tenemos la oportunidad, porque no decirlo la suerte de conocer y trabajar en algún recurso con niños y jóvenes, conocemos sus rostros. Conocemos los guiños que se repiten y se vuelven comunes en ese lugar. También sabemos las secuelas de su situación porque, claro está, no es lo mismo haber vivido años en una familia que casi una vida en centros. Pero no debemos olvidar que nosotros, los que vivimos por cada uno de ellos, lo hacemos con el mismo amor que ellos nos reciben al abrir esa puerta siendo cómplices de su día a día,  referentes para que cuando nos dejen empiecen a disfrutar de todo aquello que por algún motivo u otro no han podido disfrutar, saltándose las etapas de la vida. Nosotros solo queremos que empiecen a ser niños y adolescentes con todo lo que esto conlleva para su desarrollo.

Va por cada uno de vosotros, los que estáis o los que ya volasteis de este nuestro nido familiar. No olvidéis que dejáis un trocito de corazón en cada uno de vuestros maestros.

 

Fernando Ruiz Pimentel

Educador en RM Vado de los Bueyes