¿El artista nace o se hace?, ¿el deportista nace o se hace? Es decir, esta pregunta la podríamos aplicar a muchas actividades profesionales y no nos sería fácil contestarla. ¿Por qué Picasso y Dalí fueron unos grandes pintores, para muchos unos genios en su oficio?, quizás porque practicaron mucho con el dibujo o la pintura, porque se formaron o porque tenían un talento innato; y Gaudí ¿nació privilegiado o fue influyente su formación en geometría a pesar de suspender algunas otras asignaturas?, o ¿fue la observación en los trabajos de calderero de su padre y en la propia naturaleza lo que lo forjó como arquitecto original?

El talento, sinónimo de aptitud, se suele asociar a aptitudes intelectuales, pero no solo a estas, también a capacidades naturales o adquiridas para ciertas cosas (arte, mecánica, etc.). ¿Es un hombre o una mujer de talento, por qué? ¿Por qué tenía un talento especial para ser educador/a social? En el tema del talento, uno de los primeros filósofos en tratarlo fue el teólogo y profesor tortosino Joan Baptista Manyà i Alcoverro, autor de la enciclopedia Theologumena.

La resiliencia comienza con el encuentro con la persona y, más que con el profesional, con la persona que verdaderamente cree en el niño. No quiere decir que esa persona acepte cualquier cosa que el niño haga, sino que cree sin condiciones en el potencial del niño. De la época de entreguerras y posguerra destacamos, entre otros, grandes educadores y educadoras con talento como Makarenko en las colonias Gorki y Dzerzhinski (antigua URSS), Aichhorn en Ober Hollabrun (Austria), Finder y Tomkiewicz en Vitry (Francia ), Redl y Wineman en la Pionner House de Detroit (USA), Bettelheim en la Escuela ortogénica “Sonia Shankman” anexa a la Universidad de Chicago (USA), Helen Parkhurst con el Plan Dalton (USA), Rosa Sensat con el Instituto de Cultura y Biblioteca Popular de la Mujer (Cataluña, España), Josep Pedragosa con la Casa de Familia y la Granja Escuela de Plegamans (Cataluña, España) y Neill en Summerhill (Inglaterra). Lo que más importa en el trabajo del educador/a son las competencias para trabajar la resiliencia de las personas con exclusión o con riesgo social, y es cierto que hay educadores/as con más facilidad que otros en el ejercicio profesional, pero el talento sería la parte holística del acto educativo, como el arte de educar

Octavi Fullat afirma, en sus escritos sobre Filosofía de la Educación, que “los educadores son artistas”, entonces continúa diciendo “la educación es una obra de arte”. Si de la educación hacemos una metáfora con la tauromaquia, mientras los pedagogos son como los “críticos taurinos”, que valoran teóricamente, los educadores son como los “toreros” que, con su talento innato o casi siempre adquirido con esfuerzo, están en la arena donde el acto educativo aborda personalmente y de forma concreta, con arte, pero no para “matar” la bestia sino para desarrollar su potencial como ser único e irrepetible a partir del vínculo educativo.

En la intervención socioeducativa se deben conjugar dosis de talento y de estima, de paciencia, de estudio también y acompañar para apreciar, apoyar, emerger procesos, acoger, autorizar, encontrar vínculos, encontrarse y también despedirse en los momentos oportunos, como nos explican Parcerisa, Giné y Forés (2010) en La Educación Social, una mirada didáctica. En todo caso, la profesión de educador/a social requiere de unas competencias profesionales y un talento que se deben valorar a través de la calidad demostrada en los trabajos educativos y de acompañamiento terapéutico hacia personas con dificultades, a través de destrezas y la aplicación de instrumentos y técnicas que vayan más allá de aspectos teóricos aprendidos de memoria que puedan demostrar tener, porque se aprende ejerciendo, como decía Aristóteles; “sólo se aprende lo que se hace”, decía; y habría que añadir los hallazgos de Daniel Goleman y otros, con todas las aportaciones sobre la inteligencia emocional con las que podemos afirmar que sólo se aprende lo que se estima. Con o sin talento, el educador debe estudiar, practicar y esforzarse por adquirir las destrezas profesionales y las competencias (resolución de conflictos, empatía, conocimientos socioeducativos, autocontrol, comunicación, autoestima, trabajo en equipo y ética profesional) que a través de un acompañamiento y un vínculo educativo trabajen a partir de la resiliencia de las personas con riesgo o exclusión social para mejorarlas de forma integral; además debe implicarse con proyectos comunitarios que contribuyan a los avances sociales, a partir de la defensa los Derechos Humanos y de la resolución de conflictos de forma pacífica y dialogada.

Entonces, ¿el educador nace o, por el contrario, se hace? La respuesta a la vieja pregunta debe ser equilibrada ya que “no hay una profesión para la cual menos se pueda haber nacido que la del educador, pues a su esencia pertenece una considerable madurez” (Spranger, 1960). Lo que sí existe es una especie de talento del docente, que con pasión y formación puede convertirse en genialidad, para realizar esos procesos de acompañamiento educativos. Esa genialidad no puede manifestarse sin un largo e intenso proceso de formación individual que se realiza, en ocasiones, desde la resiliencia. La expresión “educador nato” que tiene un sentido figurado para Spranger alcanza la realidad cuando el hombre dotado para la tarea educadora se forma, para practicarla con eficacia, mediante las ciencias psicopedagógicas. Esa búsqueda y ese esfuerzo por llegar a la madurez profesional explican el talento y la singularidad de esos grandes educadores y educadoras anteriormente nombrados.

Fernando Ruiz Pimentel

Educador Social en Centro de Menores “Paco Fernández”. Asociación Noesso.