La adolescencia es la etapa de la vida en la que aparecen los primeros conflictos, el más importante de los cuales es el que sufren consigo mismo.Cuando ese conflicto aparece, estamos ante la primera de las tres condiciones necesarias para llegar a conformar una mente adicta; la segunda, que se dé un momento sociocultural en el que esté de moda el consumo de sustancias, y, por último, que la propia sustancia esté al alcance de la persona.

De las tres, la primera suele ser las más determinante, pues ¿quién puede negar que a esa edad aparecieron las primeras dudas e interrogantes de su vida, y el estado de inquietud e inseguridad en que se encontró en un momento en que aún no estaba preparado para encajar lo que la vida le iba presentando y ofreciendo? Por lo general, suele ocurrir que los adolescentes se afirman como individuo diferenciado “ante” sus amigos, su grupo de iguales, y “contra” los que hasta ese momento han regido sus días, sus padres, generalmente el padre como defensor y garante de la norma, todo ello como paso necesario en su proceso de individuación que irá confirmándose poco a poco.

En esa afirmación “contra” los padres y lo que representan, está la clave del inicio en el consumo de un gran número de adictos, si se dan las otras dos circunstancias expuestas anteriormente, la probaron, la droga, principalmente para llevar la contraria a sus padres además de la curiosidad propia de la edad. He aquí la primera llamada de atención a los padres sobre qué mensajes dar y cómo a los hijos; lo ideal sería hablar sobre la droga con un lenguaje lo más aséptico posible, sin que aflore exclusivamente la preocupación y el temor a que la prueben, sino el comentario lo más ecuánime posible sobre un tema tan actual, sin que se convierta en una prohibición expresa, ya que en ese caso estarán dando pistas sobré qué cosas son las que debe hacer para demostrar que ya está preparado para decidir, en contra del deseo de sus mayores.

En la ya dilatada experiencia tratando a adictos a drogas, esto ha sido una constante reconocida y compartida en su historia de consumo, expresando que fue eso y la falta de confianza hacia ellos, lo que hizo encender la bombilla de que era posible hacer algo distinto por propia iniciativa, y demostrar que estaba ya suficientemente preparado para tomar sus propias decisiones ; ¡¡qué ilusos verdad!!!, pero a ver quién remedia esto en ese momento vital? Los padres deben asimilar que sus hijos, por mucha preocupación y amor que sientan hacia ellos, no serán adultos con la experiencia de sus mayores, sino con la que vayan acumulando por sí mismos, con los riesgos que eso conlleva.

¿Qué difícil verdad? Pues sí que lo es, pero es que amar a alguien es darle poder sobre ti, poder de alegrarte, de hacerte feliz pero también de producirte dolor e insatisfacción; nada más hermoso que amar y sentirse amado, pero sin apropiarse de la vida del SER amado, sin tomar como propios sus errores, disfrutando de sus aciertos, potenciando sus virtudes, admitiendo su existencia como SER distinto y el azar como algo presente en sus vidas, que se puede prevenir, pero no controlar en su totalidad.

Si educamos convenientemente a nuestros hijos, habremos establecido una estrategia adecuada para inculcarles, no el miedo, sino la precaución ante lo desconocido y lo que te ofrecen como panacea para alcanzar la felicidad. Confiemos pues, aunque con la tripa encogida, y entendamos que probar no implica consumir, que consumir no significa abusar, y que, en todo caso, lo característico de la adolescencia es probar, experimentar y…. equivocarse, claro.

Alfonso Fernández Zamorano

Presidente EMET ARCOIRIS